La actual sociedad mediática es también una sociedad de consumo de masas, es más, características inseparables ambas de las sociedades postindustriales hasta el punto de que quizá no serían posible una sin la otra.
Los medios de información crean representantes de cada uno de los grupos, estamentos y clases de la sociedad A modo de un panteón de héroes o semidioses, de modo que si pensamos en psicología pensemos inmediatamente en Rojas-Marcos, por ejemplo.
Sólo los profesionales de los medios (actores, periodistas) admiten una multiplicidad de representantes ya que ellos son sus genuinos representantes y, aún así, se les encasilla según etiquetas preestablecidas.
Forman entre todos ellos la élite de los famosos, el Olimpo de los Sueños de todo profesional que se precie.
Esta simplificación es necesaria para la estructuración de una sociedad compleja y blablablá: supongo que habrá pontificado algún teórico de la información. Yo creo que es más simple: el que la tiene agarrada no la suelta, por un lado y, por otro, los privilegios de formar parte de una camarilla de influencias cerrada a todo aquel que no se someta a sus normas y rituales es siempre más seguro que tener el campo abierto a nuevos valores.
Pero he aquí que algún preclaro gestor publicista de los medios dijo: creemos a los famemos, personajes cuyo único bien sea ser famosos per se, no por sus méritos. Y nacieron los famemos no tan memos, ya que a partir de entonces viven sin dar palo al agua como parásitos de un sistema que lo permite y alienta, es más, necesita de ellos para salir del aburrimiento de los programas de promoción de los famosos-famosos, donde siempre salen los mismos repitiendo las mismas cosas. Parece que el ser famoso da derecho a saber y a opinar sobre de todo lo humano y lo divino sin sonrojarse lo más mínimo.
Así estos famemos introdujeron la otra cara, el reverso de lo otro más profesional, más serio. Mucho han criticado los famosos la atención de los periodistas a los famemos pero lo que no reconocen los famosos es que estos son la sombra en el telón de fondo, sin el cual ellos no resaltarían, pues ellos (los famosos) saben que no son necesariamente los mejores y más representativos de su profesión, sino sólo los que más publicidad gratis obtienen de su salida en los medios. Por eso sienten como intromisión la competencia de los famemos.
Famosos y famemos forman un único cuerpo, pues se alimentan de lo mismo: de la atención que los demás otorgamos a los medios, como memos.
Luis Lucena Canales

